Fermento Mori
Soy un bárbaro, un extranjero: no me gustan las escuelas.
Soy ilustrador y tuve, alternativamente, ilusiones de pintor – al óleo- cuyo oficio cultivé con vehemencia y emulando modestamente cuanta cosa veía bien pintada y bien puesta, sobre todo aquellas obras de las primeras vanguardias de la post guerra, cubismo y pintura metafísica y aquello ( pirado yo, inspirado) que evocara también las obras – y los vicios y manieras- de la antigua pintura barroca.
Lo curioso es que nunca probé un vero interés en técnicas y teorías del color ni cuanto hubiera relacionado con el tema: Estudiante en la escuela de Bellas Artes de Buenos Aires, procuraba huir de los talleres: Me escondía en el bar “El Diamante” reliquia opaca y triste que emitía su vaporoso claror no muy lejos de la escuela, en una de esas calles donde no habitaba ningún Hombre de la Esquina Rosada, sino una banda de borrachos de barrio, algunos obreros ( la escuela no estaba lejos del puerto) y fugitivos estudiantes como yo: el bar era mi verdadera escuela, mi estudio, mi oficina, mi biblioteca.
Bebía café, fumaba (cuando podía Gitanes) y leía novelas, ensayos y manifiestos: esperaba a mis compañeros de curso para iniciar entonces algún tipo de tertulia que siempre versaba sobre los mismos temas: Surrealismo, Borges, Sábato, Cortázar, Alejandra Pizarnik, Freud, Lewis Carroll, Carl Jung y alguna que otra cosa más; era un círculo de evocación viciosa, pues tardamos años en dilatar nuestros gustos, y supongo que esa apretada y pobre erudición bastaba para exaltar a mis amigos y me bastaba, histriónicos como éramos, para sentirnos- a pesar de nuestro anacronismo y nuestra ignorancia- parte del mundo y un poco más allá del desabrido recinto de El Diamante.
Mi placer estaba ahí: en razonar en voz alta. La escuela era el ágora, la espontánea y evocativa conversación, a veces inspirada, otras bobalicona y esnob, pero daba igual- yo volvía a mi casa con la lengua hinchada, atorado de ocurrencias y presto a dibujar libremente, a leer y a veces a escribir improvisadas “novelas”.
Soy un bárbaro; un extranjero: no soporto las escuelas. No soporto los métodos de estudios, los programas me repugnan. Tuve un solo maestro en mi vida: el pintor argentino Roberto Aizenberg que era, también él, un salvaje que no creía siquiera en la Historia del Arte, pero era un hombre que trabajaba horas y horas en su taller con abnegación y rigor: Pintaba con prolija austeridad; era un arquitecto del aire, una Mente Celeste; pintaba raros edificios y estructuras espirituales como si fuese un Monje Surrealista que, en el cenobio y la celda, urdía pacientes máquinas de Ultra Mundo. Yo me presentaba en su taller con mis pinturas y hablábamos. Razonábamos nuestras propias manías, compartíamos gustos, influencias; es decir, hacíamos tertulia y si había pedagogía era espontánea y hablada; no exenta de ironías y bromas.
Mi oficio de pintor duró poco tiempo: tal vez cinco años. Pintar continuamente me disgustaba: hacer una exposición por año formalizando una determinada cantidad de cuadros al óleo ( la única pintura que me gusta) me agobiaba: yo quería-cada tanto- hacer un cuadro. Pero en realidad esa actividad era un reflejo de mi amor a la pintura hecha por otros. La obra de ciertos maestros me procura el deseo de escribir sobre ellos o con ellos. Cuando observo pinturas en un museo me digo cosas: me dicto ideas, medito: Yo sé que esa visita me procurará imágenes y que esas imágenes formarán parte de un relato o del capítulo de una novela. Es decir: hacer verba y reverberar con la forma plástica.
En los años 90, vivía en Barcelona. Trabajé como ilustrador para el periódico El País durante unos cuantos años. El ambiente de la redacción me encantaba:¡toda esa gente escribiendo! Era una colmena que producía textos sin parar : Y había libros en las mesas de trabajo, y corros, peñas y mentideros en derredor. Yo hablaba con los periodistas- discutíamos el artículo que debía ilustrar; improvisábamos una micro tertulia.
La ilustración resumió mis ansiedades. En la redacción del periódico yo me sentía como en El Diamante, libre de consumar mi estilo sin restricciones académicas pero, a la vez, respetando una premisa de base: una ilustración que se publica para miles de lectores tiene que ser comprensible y accesible a todos, podrá ser rara y original pero hay que pensar que uno predica su interioridad en el inmenso foro de los artículos de prensa combinando actualidad y arte en un pacto tácito donde lo individual desemboca en lo colectivo
Soy autodidacta; abandoné las escuelas. No tengo diplomas, pero, querido lector, nunca sigas mis Pazos.
Quiero decir que hay formas de vivir que lo eligen a uno más allá de los modelos o las modalidades prescritas y que se asumen, para bien y para mal, aceptando sus consecuencias.
Entonces hablamos de solitude: un hibrido en soledad de disciplinas para formalizar una obra que nos empuja hacia al mundo.
En estos días escribo una novela cuyas páginas voy ilustrando ( todavía no tiene nombre y advierto al curioso lector que no es una novela gráfica como llaman hoy día a las historietas para adultos) y creo que cada capítulo se abrirá, a modo de presentación, con un dibujo.
Es una novela dedicada al Memento mori: el sujeto consiste en la prisa y apremio que tienen los escritores o los artistas en ganarle al tiempo y a la muerte una obra, siempre y cuando no se interpongan páginas en blanco, dudas y abandonos. Como mérito a la constancia y hacer frente al desánimo, en ciertas ocasiones nos ganamos el socorro de las Musas: En la novela ( como en la vida) gravita sobre los personajes la capacidad de reconocer- si es que no están obsesionados con el éxito o el fracaso de su obra- y aprovechar esa Visita.
El Memento mori y el Carpe diem amonestan a su manera el tiempo perdido: Hay que aprovechar las ocasiones como si en la ingravidez de los efímero pudiésemos brillar gloriosamente.
En esa precariedad espero terminar mi novela (admito que tiene un sesgo barroco y fantástico) y a medida que avanzan los capítulos urdirla como quien traza un ansioso y extraño laberinto: ¿Bastará la artimaña para despistarla y ganar un poco más de tiempo?
Mientras la Parca no se disfrace de Musa, tengo esperanzas
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